Lo Que Sabemos

image

Nací a principios de la década de 1980 en el seno de una familia de fachos pobres, es decir, de personas de clase media con ideas de derecha, y creo que eso es lo más alejado que se puede llegar a estar de la realidad. Mis familiares tienen en común nunca haber conocido la prosperidad, al menos trabajando honestamente, y llevar una vida miserable durante dos décadas de experimentos sociales de derecha mientras odiaban a ultranza algo que nunca conocieron ni por los libros (que no existían en sus casas): el marxismo.

Soy un agradecido de esa cuna, porque lo que me dejó fue una absoluta y temprana desconfianza en el discurso. Es esencial buscar entre las palabras, que abundan, el mínimo vínculo con la realidad para saber cuál es el punto de partida para una reflexión seria, noble e inteligente.

Han pasado 40 años desde el golpe de Estado en Chile, y sobre ese acontecimiento y la dictadura que instauró, hay una serie de cosas que podemos dar por ciertas y hay otras que son meras opiniones, rumores, inventos o pachotadas.

¿Sabemos qué ocurrió el 11 de septiembre de 1973? Sí, las Fuerzas Armadas tomaron por la fuerza el control del Estado instaurando un gobierno de facto, con apoyo norteamericano y de colectividades y personajes pertenecientes a la oligarquía chilena.

¿El quebrantamiento de la democracia se inició con el golpe o ya había sido perpetrado por las políticas de la UP? Pese a la opinión de algunos, incluido el actual presidente de la República, la hipótesis de que las medidas de la UP, o la propia existencia de dicho gobierno, atentaban contra la democracia es una materia al menos controvertida. No existen evidencias de que dicho gobierno haya ejecutado acción alguna fuera de los marcos institucionales establecidos.

¿El de 1973 fue un golpe “defensivo”, adelantándose a un autogolpe de la UP? No lo podemos saber. Pero entre las cosas que podemos dar por ciertas hay un antecedente que quizás resulte clave: Salvador Allende compitió cuatro veces por la presidencia del país. Esa sumisión al rol de la democracia no se condice con una personalidad golpista, que prefiriera renunciar a la política y al Estado de Derecho para, a través de la vía armada u otra estrategia, hacerse del poder.

También sabemos que ni los partidos de gobierno ni el MIR poseían la capacidad militar para dar un autogolpe exitoso. Habría sido un pésimo plan.

¿Se vivía en Chile de principios de los 70 un ambiente de polarización, como durante tantos años nos han contado? Que un candidato a la presidencia de ideas contrarias a las de su contendor y sus poderosos detractores ganara su cargo por medio de elecciones celebradas según las normas vigentes, no se denomina polarización, se llama democracia.

En toda sociedad hay opiniones divergentes; que estas puedan ponerse sobre la mesa y que sean las mayorías soberanas las que decidan a cuáles adherirse y mediante cuáles gobernarse es la premisa del acto democrático, no de la “peligrosa polarización”.

¿A quién reditúa, entonces, el mito del país dividido que escuchamos hasta hoy? El “riesgo de la polarización” es un viejo fantasma, hermano del “enemigo interno”. Polarización no es otra cosa que opinar diferente a los dueños de la prensa y la oligarquía en general.
Que durante democracia se haya dicho hasta el cansancio que “hay una división en la sociedad que nos impide avanzar” no difiere mucho de ese imperativo que grabó a fuego en nuestras mentes la dictadura: “hay que erradicar el cáncer marxista”. Es, sin lugar a dudas, el mismo llamado, porque esa famosa “división” no es otra cosa que la divergencia de opinión que reclama toda sociedad democrática. Quién proclama y habla sobre los peligrosos demonios de la división, lo que pide es la erradicación de las ideas de izquierda del seno de la sociedad.

¿El golpe fue la respuesta de las FF.AA. al clamor popular, que exigía la deposición de la UP? Allende, electo democráticamente, fue derrocado por un golpe de Estado. No hubo un plebiscito para decidir si se bombardeaba o no la Moneda, por más que algunos actores, incluido el fallecido dictador, hayan declamado que las Fuerzas Armadas sólo atendían al clamor popular. Ese supuesto clamor, por el momento, es mera pseudociencia. Las evidencias que tenemos de ese “fenómeno” se reducen a los titulares de algunos diarios de la época, el testimonio de los protagonistas del golpe y la dictadura, al de sus directos beneficiarios en términos económicos, y a los alegatos de las “víctimas” de la UP, como los terratenientes que sufrieron expropiaciones. El material sobre el que indagar la realidad detrás de ese mítico “clamor popular”, como se ve, es de bien dudosa fuente. Incluso los datos aislados de señoras cansadas de hacer fila para conseguir productos, como mi madre, por ejemplo (aunque nunca fue tan enfática con ese tema, ya que sigue haciendo las mismas colas hoy en día), son de poca utilidad para demostrar que lo que hicieron las FF.AA. era sólo atender a la voz del pueblo.

Pero si sabemos, con todos los antecedentes de la causa, que las Fuerzas Armadas de Chile escuchaban a otras voces: las de dirigentes políticos de la época que se reunían en secreto con los altos mandos, la voz de la oligarquía toda o de parte importante de esta, y la voz de Nixon, el amigo presidente.

Luego de ese golpe de Estado devino una larga dictadura que no respondía a ningún clamor popular, ni real ni imaginario.

¿Durante el gobierno de la Junta Militar y de Augusto Pinochet se detuvo a personas por supuestos delitos, se las encerró y se ejecutó sobre ellas penas sin un debido proceso? Sin rastro de duda, se hizo.

¿Los organismos de seguridad e inteligencia chilenos, bajo el mando directo de Pinochet (al menos en el papel), mataron, torturaron e hicieron desaparecer personas? Así fue. Ello consta en cientos de causas judiciales profundamente investigadas.

¿Existía entonces una política de Estado destinada a violar sistemáticamente los Derechos Humanos o se trató de excesos personales? En todos los gobiernos de cualquier tendencia e ideología, de derechas e izquierdas, democráticos o de facto, los aparatos de inteligencia son represivos. Lo siguen siendo en Chile y lo seguirán siendo. Pero el genocidio y la tortura, sistemática y tenaz (y particularmente cruenta en muchos casos), de la DINA y la CNI, sumada a la desaparición de los cuerpos, habla sin lugar a dudas de la extinción contumaz del Estado de Derecho y (por tanto) de una política de Estado.

Manuel Contreras, director de la DINA, declaró en una entrevista hace algunos años que calculaba que su “institución” contaba con alrededor de 50.000 informantes en Chile. Eso quiere decir que había un informante por cada 200 habitantes y fracción. Con toda probabilidad, en Santiago la proporción era mucho mayor. Ese sólo antecedente nos habla de una política de Estado basada en el terror.

¿Es racional revivir las heridas del pasado y buscar responsables? ¿No sería mejor para todos reconciliarse, perdonar y mirar hacia el futuro, con esperanza? Cuando ocurre una distorsión de la convivencia social de esta envergadura no se puede esperar que se produzca mágicamente una reconciliación nacional basada en las buenas intenciones o en un sentimiento patriótico sui géneris. Previamente, debe restablecerse la justicia. Porque ¿para quién, en qué momento histórico, en qué jurisprudencia o mentalidad, la reconciliación precede o es capaz de reemplazar a la justicia? Para nadie nunca, y quién pida esto, en nombre de cualquier bien mayor, no es sino un hipócrita velando por egoístas intereses.

El perdonante no hace justicia al conceder el perdón, sino que renuncia a la justicia. No se puede reconstruir una sociedad sobre las bases de una violación. Renunciar a la justicia no puede ser el punto de partida de la fundación de un nuevo pacto social que pretenda ser justo. El que pide reconciliación sin justicia lo que en verdad está pidiendo es olvido.

Por eso hoy, y con toda justicia, volvemos a oír el potente clamor del “¿dónde están?”, ese grito que es tan importante dejarlo molestar la convivencia incluso si nunca va a recibir respuesta adecuada.

Todo esto es lo que sí sabemos, y resulta inaceptable que todos los días sigan apareciendo personajes nuevos y antiguos intentando tergiversar lo que sabemos, o empatar lo que sabemos con lo que no, con lo que se sospecha, lo que se dice, lo que “conviene al país” o lo que podría haber pasado.

¿La historia la escriben los vencedores? Probablemente, pero no hay que ser iluso: los vencedores no son los que siguen buscando a sus seres queridos, no son los que nos ofendemos y sentimos vergüenza y pena por lo que ocurrió hace 40 años, ni son los que persiguen una educación gratuita y de calidad. Los vencedores están sentados, como siempre, en sus puestos directivos, detrás de la editorial de El Mercurio o La Tercera, exultantes por las concesiones que entregan márgenes de utilidad absurdos, por el “crecimiento” del país, por la ley de pesca y por todas las pequeñas reformas que les permiten salir siempre impunes de todo mal.

Y la historia que escriben ellos es pequeña y poderosa: si hubo un golpe de Estado, un quiebre de la democracia y una dictadura sangrienta, fue porque Chile se volvió loco, fue por la polarización sin sentido; fue porque muchos pensaron que las cosas podían ser diferentes a como les venimos diciendo que son y a como venimos haciendo que sean. Cuidado.

Rubén Santander.

 

Ese basurero no puede estar puesto accidentalmente ahí. Mahébourg, Mauritius.

Ese basurero no puede estar puesto accidentalmente ahí. Mahébourg, Mauritius.

"Bankers Without Borders" en África. Hay que tener la cara muy, pero muy de palo. Como si los banqueros hubieran tenido "borders" en algún momento o lugar.

"Bankers Without Borders" en África. Hay que tener la cara muy, pero muy de palo. Como si los banqueros hubieran tenido "borders" en algún momento o lugar.

Mouille Point es una zona de la extensa costa de Cape Town, Sudáfrica, donde entre otras cosas está terminantemente prohibido ser golpeado por un boomerang y perder la conciencia, como muestra el ícono central de la primera fila (de arriba a abajo) de este cartel. Otro ícono curioso es el segundo de la segunda fila, respecto al que prefiero no especular, ya que está permitido hacerlo.

Mouille Point es una zona de la extensa costa de Cape Town, Sudáfrica, donde entre otras cosas está terminantemente prohibido ser golpeado por un boomerang y perder la conciencia, como muestra el ícono central de la primera fila (de arriba a abajo) de este cartel. Otro ícono curioso es el segundo de la segunda fila, respecto al que prefiero no especular, ya que está permitido hacerlo.

Río de Janeiro, desde atrás.

Río de Janeiro, desde atrás.

Crítica de Ciudades: Río de Janeiro, Brasil

Hay aspectos que hablan de la salud de una sociedad, de lo bien encaminada que va en su conjunto. Las marchas y protestas en pos de defender derechos o terminar con privilegios pueden ser un buen síntoma de madurez social y cívica. La represión coordinada del Estado en contra de sus ciudadanos, claramente no lo es. Lo informados, participativos, proactivos en la vida cívica y cultural que se muestran los habitantes de una ciudad es un reflejo de lo saludable de dicha sociedad. Lo musculosos que sean sus habitantes no lo es.

Cuando el mayor atractivo turístico de una ciudad deja de ser un monumento, un hito natural o su gastronomía, y pasa a ser el pectoral medio del vernáculo, las cosas han tomado un curso siniestro. Como cuando Amsterdam comenzó a ser sinónimo de prostitutas de Europa del Este en vitrinas y cafés de marihuana de diseño, hay veces en que es mejor no tener atractivos turísticos. En Río de Janeiro hay una famosa playa que se llama Ipanema, la misma de la canción, permanentemente repleta de torsos desnudos torneados por suplementos proteicos. Porque una cosa sería tener gente saludable (como ocurre en otras ciudades, con habitantes obsesionados con la vida sana y esas hierbas), y otra cosa es este polo opuesto: gente que vive y se desvive en cultivar cuerpos que sólo se dan naturalmente en los cómics de superhéroes. No hay ninguna necesidad muscular por labor alguna en cualquier cultura conocida o por conocer que implique el desarrollo en Homo sapiens de tórax como los que se ven en estas playas. El problema no es aislado, no se trata de un par de ridículos haciendo gimnasia. En Río hay “academias de musculación”, no gimnasios. Para empeorar la situación, esto ya se ha convertido en un atractivo turístico, lo que sumerge a Río de Janeiro en una espiral patológica, no tan aterradora ni relevante como la de la miseria en que viven miles de sus habitantes, pero reveladora de las prioridades de los cariocas. Río, con sus paisajes inigualables, su sospechosa alegría, su rica historia, su poder y su miseria, se está transformando en una sociedad de monstruos.

Con todo, uno termina acostumbrándose. Después de todo, antes de la metamorfosis hacia la monstruosidad, los hombres cariocas pasan por una etapa larvaria que simula salud y belleza, cosa que las turistas agradecen y comentan con fruición. Las mujeres en Río, por otro lado, son bellísimas. O más bien, hay mujeres bellísimas en Río. Quizás también se trata de criaturas en estado larvario rumbo a su transformación completa. Esta es una sospecha razonable, considerando lo importantes que son para los brasileños, al menos en Río, los traseros absurdamente extensos en todos los ejes del espacio.

Son los músculos, los traseros, el fútbol y las teleseries las cuatro patas sobre las que se sostiene esta sociedad en apariencia, y sobre todo en el relato canónico, tan “llena de vida”, tan “colorida”. Y lo que se posa sobre esas cuatro patas es, sin duda, un enorme televisor. La televisión es el eje rector del comportamiento y la cotidianidad en Río de Janeiro. Desde el quiosco más humilde al restorán más popular, todo comercio, todo local carioca, tiene el televisor encendido desde el alba hasta el cierre, y cada tarde los parroquianos llegan a ejecutar su sagrada comunión de fútbol (o teleseries, dependiendo del perfil del local y de la hora), cerveza y comida. Porque eso sí, a diferencia de Chile y otros países, la televisión funciona más como un elemento aglutinante, y en torno a este aparato que en otras latitudes separa y acalla, se hace comunidad, se comparte, departe, hay peleas, risas y brindis. Lo que es ciertamente peligroso, considerando el duopolio de los medios que se ha impuesto en Brasil.

Es evidente que Río de Janeiro tiene virtudes por todos conocidas, como ciudad, paisaje y cultura, características que no voy a repasar aquí, pero que pese a todo transforman a esta en una de esas ciudades cuya visita vale la pena y que se paga con creces, sobre todo si uno sabe indagar en su “cultura popular” (que, dicho sea de paso, hoy es terreno colonizado por las elites, tanto como la “cueca chora” en Chile, por poner un ejemplo. Quiero decir: la samba, la “literatura de cordel”, el forró y otras manifestaciones de esa lid son tanto un espacio de interés académico como una expresión de carácter popular, y por lo tanto a uno le queda esa sensación ambigua e incómoda de estar presenciando una cultura que pervive gracias a un respirador artificial. Pero ese ya es otro tema).

Admitiendo pues que la cultura carioca posee un cúmulo insoslayable de envidiables cualidades, ¿por qué darle tan duro a Río de Janeiro?. Alguien tiene que hacerlo, porque a pesar de las apariencias (a pesar de su obsesión por ellas), si algo distingue a los cariocas es su incapacidad de mirarse a sí mismos. En Río, esto a decir de cualquiera al que uno le consulte (y no sólo en los ámbitos en que nos movemos los turistas, según pude averiguar), siempre está tudo bom, tudo legal, y no hay más que hablar. No se habla de las montañas de basura que se extienden desde el centro a las periferias y que nadie parece notar, y nadie nota tampoco la permanente lluvia de sudores que cae desde los edificios como en ningún otro lugar del mundo. Tampoco se habla de la corrupción policial, y la miseria de las favelas pareciera ser un tema superado, a pesar de las evidencias. Así mismo, la carestía de la vida que afecta a las clases medias, cada día más intensa e intolerable gracias a la burbuja que está provocando el próximo mundial de fútbol, se vive y se sufre “para callado”. Pero ante todo, lo más desgarrador y desconcertante del carácter del carioca, es su incapacidad de reírse de sí mismos.

En conclusión: En Río de Janeiro, la comida es exquisita, pero la cerveza es aguada.

1 of 2